La medida se produjo en un contexto de creciente riesgo de escalada, marcado por el estancamiento de las negociaciones entre ambas partes.

Medios regionales señalan que las restricciones han dificultado la salida de buques petroleros iraníes hacia aguas internacionales, lo que ha reducido de forma notable las exportaciones en las últimas semanas. Al mismo tiempo, la capacidad de almacenamiento interno se aproxima a su límite, lo que obliga a Teherán a ajustar la producción, especialmente en los yacimientos más antiguos, cuya reactivación resulta compleja tras una interrupción.

Fuentes iraníes reconocen que los equipos técnicos se ven obligados a adaptar de manera constante las operaciones de la infraestructura energética en un contexto de interrupciones recurrentes. Representantes del sector subrayan que el país dispone de experiencia para afrontar este tipo de crisis, aunque admiten que la presión actual es significativa.

Este escenario coincide con el endurecimiento del discurso de Washington. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, expresó su insatisfacción con la última propuesta iraní para resolver el conflicto y reiteró que mantiene abiertas las opciones militares si fracasa la vía diplomática. Añadió que el bloqueo se mantendrá hasta que Teherán acepte un acuerdo sobre su programa nuclear.

Por su parte, Irán aseguró que sus fuerzas armadas están preparadas para cualquier eventualidad, lo que aumenta la preocupación por una posible escalada a corto plazo.